jueves, 4 de abril de 2013

La naranja mecánica de Kubrick

Hace cuarenta años se creo la adaptación para cine de La naranja mecánica. La novela fue escrita por Anthony Burgess, y la versión cinematográfica producida por Stanley Kubrick. Pronto, la película con su incansable fascinación por la brutalidad, su humor negro, su negativa radical a hacerle concesiones a la moraleja adquirió un carácter icónico, y entró por esa vía a hacer parte de las referencias estándar de la corriente principal de la prensa. Por ejemplo, le prestó un apodo a la extraordinaria selección holandesa de fútbol que encabezó Johan Cruyff a mediados de la década de 1970. Me imagino que es esta connotación deportiva la que ha quedado fijada en la imaginación de muchos. 

No puedo esconder mi entusiasmo por la película. La película es expuesta en un escenario de ciencia ficción, el protagonista (Alex) encabeza una pandilla de adictos a la violencia que se enfrentan a otros similares a ellos, aterrorizan a gente indefensa y terminan peleando entre sí. Durante su carrera criminal atacan a una pareja de escritores, pero por culpa de las rencillas internas de su grupo, Alex es atrapado in fraganti por la policía. Una vez en la cárcel, es sometido a una (espantosa) rehabilitación conductista, que lo condiciona a sentir asco y náuseas frente a la violencia. ¿Estará curado? 


¿Curado? Kubrick atinó a construir un filme aterradoramente sínico, al menos en dos sentidos fundamentales. Primero, la suya es una historia de doble filo. Su futuro está poblado por malcriados que dan susto, y por policías y funcionarios no menos intimidantes que imponen su orden. Llevar de nuevo a Alex a la vida cotidiana se parece más a la tortura que a una cura. Segundo, hay algo en la cabeza que siente Alex por la transgresión, por la transgresión como juego y deleite, que inevitablemente genera una oleada de empatía. Pero este chico es un matón, alguien que goza con el dolor del otro: un sociópata a quien hay que aborrecer. 

Las ambigüedades de la película –que son las que le dan su ritmo vandálico y su capacidad de mantener al espectador al borde de la silla– condujeron a Kubrick.a la fama. 

La naranja mecánica conserva toda su frescura, la música en su sentido más puro nos hace ser parte de todo su poder, de todo el sentido del peligro, en cierta forma, el atractivo de la violencia se enfatiza en cada plano, la mayoría son planos generales, pero hay unos impactantes primeros planos que me trasportan a esa mirada del protagonista y me envuelven en la historia. 

La naranja exhibe el desorden que amenaza, orden que invade. Y también nos expone a partir del lenguaje que utiliza el guionista, que el film busca llegar a personas intelectuales capaces de ver más allá. 

Los invito a todos a que miren esta película, es genial, divertida y recoge un valor que para mí es invaluable: te deja pensando… 

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