jueves, 4 de abril de 2013

Rojo como el cielo


El film ambientado a principios de la década del 70, nos presenta a Mirco, un niño común y corriente,  que al sufrir un accidente casero queda casi ciego (solo ve algunas sombras). De ahí en más su vida cambiara rotundamente cuando deba ingresar a un colegio para personas con discapacidades visuales. Recién a mediados de los años 70, el gobierno italiano derogó la ley que impedía que estos concurrieran a escuelas públicas.
La historia del film está inspirada en la vida real de uno de los editores de sonido más importantes del cine italiano, que a pesar de su ceguera logró, gracias a su fuerza de voluntad y tesón, romper con las reglas establecidas en el colegio y empezar a trabajar los sonidos de una manera especial. Este es el tema que hace foco el film.
El director Cristiano Bortone presenta una historia estructurada linealmente, pero actuada desde la naturalidad -la mayoría del elenco son niños- sin grandes complejidades. La realización apela solo al uso del sonido para realzar la trama. Un merito a destacar es el no uso del fuera de foco para exaltar la ceguera de los personajes, un recurso tan trillado como redundante.
Rojo como el cielo, no es una gran película, casi podríamos encuadrarla como algo menor dentro de la cinematografía actual, pero sin duda alguna cumple su cometido, el de contar una historia apelando a la emoción y al sentimiento del espectador. Una historia para los que gustan de un cine pretencioso pero facilista.  

LOS MISERABLES


En París, en 1980, se estrenó la versión musical de la novela de Victor Hugo, Los miserables. Su autoría se le debe a Claude-Michel Schönberg (música) y a Alain Boublil con Jean-Marc Natel (letra). Fue un éxito y lo sigue siendo. Pues sí, ¡imposible que al cine se le escapara esta oportunidad!
Pienso que la novela se presta más para ser recreada como ópera que como revista musical, tal su densidad dramática. Los musicales revisteros tienden, más bien, a ser superficiales.
Se me ocurre que esa intención la tiene el director Tom Hooper con su película: la de imprimirle más fuerza dramática y menos acento de revista a la relación entre Valjean y Javert. El primero es un prófugo de la ley traído al bien por el gesto de un sacerdote. El segundo es un representante de esa misma ley, incapaz de ver la realidad más allá de lo blanco y lo negro.
Valjean se hace cargo de la niña Cosette, quien queda huérfana a la muerte de Fantine, su madre, quien se ve obligada a convertirse en prostituta y a morir como tal por sus carencias económicas.
Cosette crecerá en vida errante ante el cotidiano huir de Valjean seguido por Javert; así hasta los hechos políticos de una Francia sacudida desde su Revolución, donde el amor aparecerá entre Cosette y Marius, joven revolucionario y uno de los líderes de la barricadas republicanas de 1832.
Dentro de ese espacio argumental, el director Tom Hooper ha preferido una versión más intimista de los acontecimientos, aún dentro de ciertas grandilocuencias del filme, que las tiene. Parece que esto no le ha gustado a una gran parte de la crítica, más bien acostumbrada a los juegos coreográficos y a la opulencia visual cuando de musicales se trata.
Esa opción de Tom Hopper hay que respetarla y, desde ahí, juzgar a la cinta. Así vista, no hay duda que estamos ante un filme bueno en calidad, incluso en fluidez narrativa, y donde las imágenes van en beneficio de los contenidos expresados por los cantables, sin llegar a ser redundantes. Noble manejo del primer plano.
La gramática escogida para esta versión musical en cine puede no gustarles a algunos, pero no quiere decir que sea incorrecta o que esté mal planteada, aunque su final bordea lo más sentimentalón del melodrama, casi un final ‘kitsch’ con respecto al resto de la película.
Para advertencia de los lectores: Los miserables es una película donde no se para de cantar durante dos horas y media. Es una convención que hay que aceptar: se canta en las buenas y en las malas. Entendido esto, el filme seduce y, entre sus pliegues, logra darnos un sentido de actualidad a lo que sucede en el siglo XIX en París.

Comparto uno de mis artículos preferidos, publicado por la revista El Malpensante



Artículos

Decálogo del cinéfilo

Edición N° 125Uno. Si la película es rusa y en blanco y negro, no hay que comprar crispetas a la entrada.

Dos. Resulta conveniente evadir las películas latinoamericanas donde salen prostitutas intelectuales, que declaman o sueltan datos enciclopédicos. Existe allí una alta posibilidad de que también aparezca una gallina caminando sobre una mesa o algún personaje haga el chiste sobre la contradicción de la inteligencia militar.

Tres. Los susurros resultan más importantes en las películas de acción que en las intimistas.
Cuatro. La cámara como protagonista equivale al lenguaje como protagonista en un libro. Juzgue usted.

Cinco. Amo profundamente las películas orientales, en especial las coreanas. Pero eso de saberse muchos directores, teniendo claro cuál es el nombre y cuál el apellido, es francamente no tener nada más que hacer.

Seis. Que la cámara se levante, en un movimiento de grúa, mientras un personaje grita adolorido al cielo es una imagen que ya solamente se puede permitir la comedia. No importa que Clint Eastwood lo haya hecho en Mystic River.

Siete. El talento de un director mucho le debe a la capacidad de rodearse de la gente adecuada.

Ocho. La posibilidad de que el cine gringo salga con una escena erótica memorable está en proporción directa con la eventualidad de que los franceses logren una de comedia.

Nueve. Si a uno le dicen que una película hay que verla leyendo su contexto, la cosa no pinta nada bien.

Diez. Vade retro a quien no le gustó Toy Story.

Cordero y su pescador


Pescador es un trabajo de Juan Sebastián Cordero, realizador latinoamericano.


La película  se basa en una historia real de un caso que ocurrió en Ecuador en el año 2006 sobre un pescador que se encuentra en el mar un cargamento de droga. Este trabajo cinematografico es una adaptación de una crónica escrita por Juan Fernando Andrade publicada en la revista SOHO y titulada “Confesiones de un pescador de coca”.

PARÍS EN SUEÑOS



Estoy enamorándome de las obras de Jean-Luc Godard,

Ser inmortal en la historia del cine y más alla de esto ser recordados es el valor de este cineasta,

Jean Godard en À bout de souffle (Sin aliento), 

Nos expone una historia de amor sencilla, de una chica norte americana que muchas soñamos ser, enamorada de un  hombre incorrecto, en la cuidad correcta.



¿Quién es ese hombre?  

 

 Es la versión francesa de todos los gangsters de la época 1960.

Sin aliento es una evolución del cine francés,  es el desarrollo del estilo fílmico de una película  impecable, ya que se aleja de las normas establecidas del cine para su época en su filmación.


Esta es una historia de amor triste. De una obra desgarradora que encierra una desgracia profunda.


Sin aliento (À bout de souffle, 1960) Dir: Jean-Luc Godard; Diálogos: Jean-Luc Godard sobre una historia original de Francois Truffaut. Fotografía: Raoul Coutard. Música: Martial Solal. Edición: Cécile Decugis y Lila Herman. Asistencia técnica y artística: Claude Chabrol. Intérpretes: Jean-Paul Belmondo, Jean Seberg, Daniel Boulanger, Van Doute, Jean-Pierre Melville, Henri-Jacques Huet. Francia, 87 mins.

Vértigo


James Stewart es un detective retirado que sufre de acrofobia, este personaje se encuentra  con un antiguo amigo de la universidad, para que vigile los movimientos de su esposa Madeleine, a la que cree que está poseída por el espíritu de una mujer muerta, Carlotta Valdés.



En la película se realizan combinaciones de zoom más un travelling hacia atrás, se trabajan varias escenas fuera de lo común como: la primera persecución, los períodos afectuosos, los  escenarios de San Francisco y la locura,  este un retrato psicológico de un hombre que sufre a causa de su obsesión amorosa y sexual.




Vértigo (en España),  es una película de suspenso y cine negro, dirigida por Alfred Hitchcock se estrenó en 1958.

LINCOLN


Desde hace tiempo no encontraba una película como Lincoln, aunque un poco lenta, me pareció una historia muy bien llevada, con grandes características cinematográficas, como su fotografía y el manejo de los tonos, como asimismo el vestuario es bastante acertado y hermoso.

Encontré un artículo de la revista Arcadia sobre su actor principal Daniel Day-Lewis, un increíble actor y el eje central de la película.



¿Cómo se transformó un actor británico en presidente estadounidense?

Daniel Day-Lewis le dijo 'no' varias veces al director Steven Spielberg, cuando éste le ofreció interpretar a Abraham Lincoln. Pero cuando finalmente aceptó, el actor se metió en la piel del que fuera presidente de Estados Unidos: tanto, que por meses habló con el tono de voz de su personaje y hasta envió mensajes de texto a sus compañeros de elenco con lenguaje propio del siglo XIX.

Su paso por la cinta Lincoln (2012) fue para Day-Lewis una manera de reivindicar la historia.


"Fue un actor el que asesinó a Abraham Lincoln (en un teatro de Washington, en 1865). Entonces pareciera que corresponde que, de tanto en tanto, sea un actor quien trate de traerlo nuevamente a la vida", señaló.
Para su propia historia profesional, el trabajo le permitió batir un récord: con el Oscar que recibió este domingo en el teatro Dolby, Day-Lewis se convirtió en el primer hombre en ganar tres galardones máximos de la industria del cine en el rubro actor principal.
En las 85 ediciones del Oscar, dos actores han conseguido tres estatuillas, Walter Brennan y Jack Nicholson, pero al menos una correspondió a la categoría de reparto, mientras que sólo nueve actores tienen dos, entre ellos Marlon Brando, Gary Cooper y Dustin Hoffman
En otras palabras: Daniel Day-Lewis acaba de convertirse en el mejor actor de la historia, al menos de la que escribe la Academia del Cine estadounidense.
"Steven me tuvo que convencer para hacer Lincoln, yo tuve que convencerlo de que no fuera musical", bromeó el británico, quien desde el escenario dedicó el premio a su madre.
Había estado allí, detrás del micrófono, hace cinco años, cuando recogió el Oscar por "Petróleo sangriento": el segundo después del conseguido en 1989 por Mi pie izquierdo.
Presidente estadounidense, actor extranjero
La historia dirá también que el británico Day-Lewis -criado en el sudeste del Londres y residente en Irlanda, con doble ciudadanía desde 1993-, fue el primer actor en conseguir un Oscar por interpretar a un presidente estadounidense.
Y no a cualquier mandatario, sino a uno de los héroes nacionales más reverenciados, por su mandato durante la Guerra Civil y, sobre todo, por su decisión de abolir la esclavitud, que se concretó tras la aprobación de la Decimotercera Enmienda de la Constitución.
Lincoln es, paradójicamente, una de las figuras más admiradas por los estadounidenses y una de las más desconocidas: una de las razones que esgrimió Day-Lewis para justificar sus dudas ante la oferta del director Spielberg. Su rostro ha quedado "congelado" en estatuas de mármol o en las monedas y no existen registros de su voz, por ejemplo, ni de su manera de moverse.
"Tenía todo por aprender… unas pocas imágenes, unas líneas de su discurso inaugural y otras de la alocución de Gettysburg eran todo mi conocimiento de la vida del hombre", señaló Day-Lewis en una entrevista durante la promoción de la película.
Tenía, además, el peso de crear una "reputación del mayor presidente que este país (Estados Unidos) jamás ha conocido" –según expresó- para millones de potenciales espectadores del cine comercial.
Dice que le llevó un año sentirse cómodo con el personaje. ¿El resultado? Un Lincoln "más humano", según los críticos, intenso a la vez que con matices, de voz quebrada tal como la describen los reportes de la época y lejos de la que se imagina en un orador de su talla. Una interpretación que fue calificada de "maravilla del cine moderno" por The New York Times.


Parecía que el Oscar estaba a un paso: los pronósticos lo dieron como favorito por amplio margen sobre Bradley Cooper, que hace de enfermo mental en "Silver Linings Playbook"; sobre Denzel Washington y su piloto de aviones alcohólico en "Flight" o el vagabundo veterano del guerra que Joaquín Phoenix compuso en The Master, y sobre Hugh Jackman y su Jean Valjean en la versión cinematográfica del musical Los Miserables.

El más buscado
Antes de la estatuilla más codiciada, Day-Lewis consolidó sus posibilidades recogiendo cuanto premio a mejor actor le pusieran por delante: el Globo de Oro, el SAG del Sindicato de Actores, el BAFTA británico, el de la Sociedad de Críticos estadounidenses y otra treintena.
Así, este hombre altísimo, de mirada penetrante y apariencia jovial para su edad se convirtió en el más buscado de las salas de prensa, donde van los ganadores, estatuilla en mano, a encontrarse con los periodistas. Quizás porque suele custodiar con celo su vida privada y cualquier oportunidad para hacerle preguntas sobre sus treinta años de carrera es bien recibida.
Poco quiere contar: se le nota. Habla con timidez –agachándose un poco para quedar a la altura del micrófono, mirando de ratos al suelo- de cómo el fenómeno Lincoln lo tomó por sorpresa.
"Los miembros de la Academia aman las sorpresas así que lo peor que uno puede hacer es construirse expectativas", dijo ante BBC Mundo en ocasión del premio SAG y en referencia al camino que le quedaba por delante.
No sólo los periodistas desconocen a este hombre que vive por fuera del radar de Hollywood: lo curioso es que lo mismo dicen muchos de sus mismos compañeros de trabajo.
Joseph Gordon-Levitt -que interpretó a Robert, hijo de Lincoln- dijo que no fue sino hasta el fin del rodaje que pudo hablarle a Day-Lewis como tal: "Nunca conocí en persona a Daniel, sólo conocí al presidente. Lo llamaba señor, él me llamaba Robert".
En tanto, Sally Field –su esposa Mary Tood, en la ficción- reveló que fue la destinataria de los mensajes de texto que Day-Lewis mandó, durante los siete meses que duró el trabajo, escritos en lenguaje coloquial del siglo XIX.
El "método"
La razón de estas conductas hay que buscarla en la rutina de trabajo por la que Day-Lewis es conocido: como "actor de método" –una tendencia inspirada por Constantin Stanislavski y formalizada por Lee Strasberg en los años ’40-, el británico pasa por un proceso de inmersión completa en el papel que le toca, para apropiarse de emociones y pensamientos y mirar el mundo desde la perspectiva del personaje, tanto como sea posible.
Aunque a él lo incomoda hablar de sus técnicas, desde los rodajes llegan anécdotas que lo pintan de cuerpo entero: en "Lincoln" mantuvo la voz creada para el expresidente entre toma y toma y pidió a los británicos del equipo que no le hablaran, para no tentarse de recuperar su propio acento.
Para Petróleo sangriento (2007), donde encarnó a un ambicioso magnate petrolero, Day-Lewis evitó todo contacto con su compañero de elenco, Paul Dano: en la ficción eran enemigos acérrimos y no quería que la familiaridad entre colegas arruinara la construcción de la historia, según contó Dano en entrevistas.
Y hubo casos más extremos: en 1989, para Mi pie izquierdo, se negó a abandonar su silla de ruedas por semanas y pedía que lo empujaran y lo alimentaran en la boca, en un intento por construir al escritor cuadrapléjico Christy Brown; luego, en El nombre del padre (1993) se quedó sin dormir tres noches seguidas para la escena del brutal interrogatorio de un hombre falsamente acusado de terrorismo.
Estas técnicas le han servido para ganarse el respeto y la admiración: no se cuestiona su estatus de ícono entre los actores, mientras que quienes lo dirigen destacan que su rigor y su dedicación hacen casi innecesario el ensayo.
Aunque también lo han hecho objeto de críticas, acusado de pretencioso y demasiado excéntrico. Muchos recuerdan el que fuera tal vez el traspié público más notorio en la carrera del británico: cuando interrumpió una función de Hamlet en el Teatro Nacional de Londres, bajándose del escenario y estallando en llanto tras bambalinas, entre rumores de que, concentrado en su papel, realmente había llegado a ver al fantasma de su propio padre muerto, con quien no había tenido una relación fácil.
Day-Lewis reconoció luego que "probablemente veía al fantasma de mi padre cada noche" y que meterse en la piel del Príncipe de Dinamarca había removido su interior a partir de que "exploras todo desde tu propia experiencia".
Nunca volvió a hacer Hamlet. Tampoco volvió jamás a hacer teatro.
Pero el flamante ganador del premio de la Academia defiende la actuación de método, no sólo porque le haya dado fama y honores: es, dice, la única forma en la que entiende su trabajo.
"Componer un personaje siempre es un largo proceso que implica crear un mundo para mí mismo y para las otras vidas que se expresan en ese mundo. Ahí es donde está el placer del actor: lo que se me haría extraño sería entrar y salir de ese mundo que he creado. ¿Por qué salirme, si ahí es donde quiero estar?", reveló el actor ante BBC Mundo en la entrega del Globo de Oro, en enero.
Recientemente, lo puso en términos más sencillos: "Sólo voy al rodaje a probar y a trabajar." Lo que queda es su cine: el que le ha dado tres Oscar y un reconocimiento por el que está, dice, "silenciosamente, suavemente asombrado".
TEXTO EXTRAÍDO DE revistaarcadia.com